En México, la edad promedio para tener el primer hijo ha aumentado cinco años en la última década, alcanzando los 26-27 años. “Muchas pacientes llegan diciendo: ‘¿Por qué no me dijeron que se podían congelar los óvulos?’”, señala la Dra. Rosa Martha Luna Rojas, directora médica de Reproductive Medicine Associates (RMA) México y Presidenta de la Asociación Mexicana de Medicina de la Reproducción (AMMR). Este cambio refleja una tendencia social en la que las mujeres retrasan la maternidad, pero también evidencia una realidad biológica: la reserva ovárica disminuye con el tiempo, y la congelación de óvulos se ha convertido en una herramienta clave para preservar la fertilidad.
“Cada mujer nace con entre 1 y 2 millones de ovocitos, pero al llegar a la pubertad esa cifra se reduce a entre 300,000 y 500,000”, explica la Dra. Luna, ginecóloga y subespecialista en Endocrinología Reproductiva e Infertilidad por el Mount Sinai School of Medicine. Con cada ciclo menstrual se pierden entre 1000-1500 óvulos, y a partir de los 35 años, la calidad también se ve afectada debido a la disfunción de las mitocondrias de los óvulos que ocasiona alteraciones cromosómicas. “A los 38 o 39 años, edad promedio de muchas pacientes que buscan ayuda reproductiva, las probabilidades de concebir de manera natural o mediante técnicas de reproducción asistida disminuyen significativamente”, añade. La criopreservación de ovocitos, basada en la técnica de vitrificación, permite a las mujeres preservar sus óvulos a edades más tempranas, idealmente antes de los 35 años, para maximizar las probabilidades de éxito.
“Hace 25 años, las mexicanas tenían en promedio 3.8 hijos; hoy esa cifra es de 1.9”, destaca la Dra. Luna, subrayando cómo han cambiado los patrones demográficos. Este dato refleja tanto la postergación de la maternidad como el aumento de los casos de infertilidad. La tecnología de congelación de óvulos beneficia a diversos perfiles: mujeres que priorizan su carrera profesional, que deciden, por razones sociales o personales, postergar su maternidad, o bien, que deciden simplemente preservar sus óvulos por sí cambian de opinión en un futuro sobre desear formar una familia; asimismo, es una opción valiosa para pacientes oncológicas que requieren de tratamiento con quimioterapia y que dicho tratamiento puede afectar su reserva ovárica, o aquellas que, tras intentar concebir sin éxito —un año si son menores de 35 o seis meses si son mayores—, buscan preservar embriones. “Incluso parejas que planean formar una familia en el futuro pueden optar por congelar óvulos o embriones”, agrega la experta, enfatizando la versatilidad de esta opción.
“Evaluar la reserva ovárica mediante ultrasonido para contar los folículos antrales o medir los niveles de hormona antimülleriana debería formar parte de la atención ginecológica rutinaria”, afirma la Dra. Luna, quien también es profesora adjunta en el Hospital Ángeles del Pedregal. Con una maestría en Embriología Clínica y Andrología por el Eastern Virginia Medical School, y como miembro del Global Associate Panel de Fertility and Sterility, insiste en la necesidad de cerrar la brecha de información: “La educación sobre fertilidad debe ser una prioridad, desde consultas preventivas hasta campañas públicas”, sostiene, para que las mujeres puedan tomar decisiones informadas antes de que sus opciones disminuyan.
“Las mujeres merecen saber que tienen opciones”, concluye la Dra. Luna, quien ve en la congelación de óvulos una revolución silenciosa que empodera a las pacientes a decidir cuándo formar una familia. En un país donde la edad promedio de quienes buscan asistencia reproductiva ronda los 38-39 años, su labor como líder en medicina reproductiva resulta crucial. El reloj biológico sigue corriendo, pero gracias al avance tecnológico y a su compromiso, hoy las mujeres pueden ganarle tiempo.








